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domingo, 10 de abril de 2011

El infierno a la distancia

Crónica personalísima sobre El infierno, película de Luis Estrada nominada al premio Ariel, 2011.

Apuré de un trago mi vaso de vino: nada. Seguían ahí, mías y ajenas a la vez, las manos temblorosas.


Preámbulo: Purgatorio
Salí de México en agosto de 2010, cansado por diversas razones del país y buscando un respiro de esa realidad que leía y escuchaba cada día. Y no es que haya padecido de manera directa y constante la violencia, la pobreza, la corrupción o la represión. No. Antes de seguir debo redactar mi “yo confieso”:
Confieso que no conozco el desempleo, que no he probado el hambre y que el sudor no era la moneda que llevaba el pan a mi mesa. Confieso que mi padre no nos golpeaba y que ni él ni mi madre son alcohólicos -ni siquiera de los sociales-, y que en mi casa había un televisor por cada miembro de la familia. Confieso que asistí a escuela y universidad privadas, que vivía en casa propia, que viajé en avión una decena de veces antes de mi mayoría de edad, y que el cine, el teatro y espectáculos eran parte de mi rutina mensual.
Yo culpo de mi cansancio a mis profesores de universidad. A pesar de su relación con el tan temido “Imperio”, encontré mi conciencia social en el departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de las Américas Puebla. Ahí, sobre todo en los últimos dos años, mi consumo de journals y revistas especializadas, de documentales –entre otros del Canal 6 de Julio o del Chiapas Media Project-, y mi relación con el mundo del periodismo universitario me fueron construyendo una visión que pocos miembros de mi familia comparten.

Exiliado por voluntad propia, aterricé el 21 de agosto de 2010 en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, con una visa de estudiante, una novia francesa y el plan de permanecer fuera de México de uno a tres años -sujeto a posibilidad de nunca volver.

Sobra decir que el BiCentenario lo viví a la distancia. De cualquier forma, soy de aquellos que se preguntan, a manera de mantra o eslogan, “¿hay algo que celebrar…?”
Por primera vez me era más fácil hablar en francés y levantar una barrera emocional con lo que expresaba, evitando así que una lágrima de tristeza o ira escapara…

Principio: Subida al Cielo
Nunca he visto tanto cine en tan poco tiempo como en el festival de Toulouse, la ciudad que me alberga hasta ahora. Con el nombre de Encuentros de Cines de América Latina, el acto me acercó a decenas de filmes y de realizadores durante diez días, y me dio la posibilidad de aprender más sobre la cinematografía latinoamericana y el circuito de festivales que lo que jamás hubiera podido en textos escritos.


Además de las secciones en competencia, el acto propuso varios programas dedicados a México dentro de su sección paralela, resultado de la celebración del Año de México en Francia. Aunque al final se vino abajo por las diferencias diplomáticas entre ambos países, el festival supo mantener a la cinematografía nacional en primer plano gracias a distintas proyecciones y a tres homenajes: al incansable director Carlos Carrera; al experimentado actor Damián Alcázar; y al  joven y talentoso Gabino Rodríguez, actor de innumerables cintas a quien, debo confesar, no conocía antes de entrar en contacto con los Encuentros.

Colaboré en el blog de La Pelicula, periódico oficial del certamen, y eso me permitió comer y ver películas gratis. Aproveché además para compartir información con una emisión de radio –Fábrica de sueños- y un colectivo mediático –Los Subterráneos- de Puebla; y con Ibero 909 del DF. Desde el principio, dos cintas que estaban en mi lista de imperdibles eran De la infancia, de Carrera, y El infierno, dirigida por Luis Estrada y protagonizada por Damián. Me interesaban por varios motivos. La primera, como última obra del responsable de El héroe, El crimen del padre Amaro y Backyard, y por sus problemas para encontrar distribución a pesar del Mayahuel en Guadalajara y la trayectoria de su director. La segunda por su tema y por cerrar la trilogía de Estrada que satiriza la realidad histórica, política y social del país.

Las dos se me fueron vivas.

Gracias a Dios -diría mi madre-, antes de concluir los Encuentros me invitaron a cubrir el festival de Marsella, también dedicado desde hace 13 años al cine latino, también con un énfasis en México, y también con El infierno entre sus opciones.

Al acercarme a Andrés, el pintor mexicano, su mirada cómplice me tranquilizó un poco. Alguien con quien compartir la frustración; alguien con quien soltar todo sin necesidad de preámbulos o disculparse por el estado alterado, por mis opiniones o por mi voz entrecortada…

Fin: Descenso al Infierno
A lo largo del festival de Toulouse, la realidad colombiana fue la más presente para mí. A través de Los colores de la montaña de Carlos César Arbeláez, de Retratos en un mar de mentiras de Carlos Gaviria (no confundir con Víctor, el de La vendedora de rosas), de Pequeñas voces de Jairo Eduardo Carrillo y Oscar Andrade, los problema de los más de 5 millones de desplazados, de la guerrilla y de los paramilitares, me conmovieron. Sin embargo, más allá del coraje que me provocó el conocer estas historias –basadas todas en la más cruda realidad, sí- la distancia geográfica y personal con el país sudamericano ayudaron a que mi reacción se mantuviera contenida, pensada, cerebral.


Esa actitud zen se fue derechito a la chingada con El infierno.

Sospechaba, desde antes de verla, que la cinta de Estrada no me dejaría indiferente. Sospechaba que me haría reír pero también encabronar. Sospechaba que estaría llena de historias mil veces escuchadas y leídas, pero también de otras jamás imaginadas. Sospechaba todo esto y, a pesar de ello, mi estado final llegó por sorpresa, como un madrazo directo a las entrañas mientras disfrutas unos buenos tacos de suaperro con su Boing de guayaba.

“¿Pero por qué estás así?”, me preguntaba Fausto, mi anfitrión, al salir de la sala. Él, también mexicano, acababa de ver la misma película. Sin embargo, su reacción era muy distinta. “Sí, sé que lo que muestra es verdad pero no te dice nada nuevo. Todo es muy cliché y su forma de resolver muchas secuencias no me gustó. Yo lo hubiera filmado de forma muy diferente”.

A mí en ese momento –e incluso ahora- la forma de “resolver” las secuencias, de emplazar la cámara en tal o cual toma, me venían valiendo madres, con el perdón de mi insistente uso del francés. Yo me quedé, por el contrario, con la fuerza de las imágenes y del relato que Estrada me ofreció.


En principio y durante el ascenso de Benjamín “El Benny” García (Damián) como narcotraficante, el tono es ágil y ligero, con una carga de humor que, al menos para mí, no ofrecía problemas. La segunda parte, cuando las hostilidades entre los dos clanes Reyes se intensifican, el humor es digerible sólo para aquellos con un distanciamiento de la realidad mexicana, sin con esto insinuar que falle por problemas de actuación, coherencia o dirección.

Para la pareja de profesores universitarios detrás de mí o el estudiante dominicano y su amiga española a mi lado, la operación no tenía fallos: (imagen + audio) (humor [negro]) – nacionalidad = carcajada. Para mí era más difícil. Aunque sabía que debía hacerlo, cuando pensaba que en unos meses regresaría a ese país que veía en la pantalla, la risa se ahogaba en la garganta.

“Y además, los personajes eran totalmente bidimensionales…”. De nuevo Fausto al habla.
Uno de los clanes Reyes.

Los que son parte de la sátira pura y que aparecen dos o tres ocasiones, no ofrecen mayores matices; es verdad. No obstante, mucho de ellos, rodeados de un panorama que no les da muchas opciones y que los hace reaccionar dentro de un espectro limitado, de negro o blanco, de matar o morir, construyen su arco dramático de forma acertada. Además, repito, la sátira se mueve en espectros reducidos de forma natural. Si no fuera así, cabría indignarnos por el retrato limitado de un México desértico y que se termina en la frontera; de policías corruptos e hijosdeputa; de pueblerinos pobres, ignorantes, y devotosdelavirgencitaydesumamacita; y de narcotraficantes ostentosos con camionetotas tuneadas, cadenotas personalizadas, bototas brillantísimas, camisotas de diseños y colores deslumbrantes.

No es el caso. Y para muestra de que la sátira no es lo único que impera, ahí está El Benny, fiel imagen de las incongruencias del mexicano que ama a su madrecita pero no le dirige ni una carta en 20 años o sólo le compra una pinchurrienta televisión –“para que vea sus telenovelas”- cuando empieza a forrarse de lana. Fiel imagen del hombre llevado al extremo por las circunstancias y sabedor, a pesar de todo, de que su comportamiento no es el adecuado pero que, al final del día, hay que chingar antes de ser chingado…

Si yo me indigné no fue por este retrato estereotipado del narcotraficante y el policía corrupto, sino por este retrato basado en la más cruda realidad y que cada día toca a más y más mexicanos.

Si yo acabé con las manos temblorosas, la voz entrecortada y la necesidad de hablar un idioma que no es el mío fue el temor y el conocimiento de que lo que vi es real y sucede; por la impotencia de no poder hacer nada desde acá; por la precisión en la dirección, el guión y las actuaciones.

Si yo acabé con un sabor de boca amargo fue por la duda que Estrada y Alcázar plantaron en mí: si yo me enfrentara a condiciones similares, ¿qué haría? No lo sé y espero nunca tener que responderlo.


Alonso Fragua. 
Toulouse, Francia. 10 de abril de 2011.

sábado, 4 de diciembre de 2010

De aquí para allá: Bernard


Bernard tiene nombre francés pero es de Camerún. Desde hace siete años vive en Toulouse y hoy es guardia de seguridad en una universidad de aeronáutica, aunque su vida está en el audiovisual, en  el cine.

Antes de resignarse al hecho de que su color de piel le cierra las puertas del mundo laboral, hizo una práctica en la estación de radio pública –“donde yo era el único negro”- y trabajó en varias salas de cine como proyeccionista, pero sólo por periodos breves. Cuando aplicaba para obtener una plaza fija (Contrato de Duración Indeterminada o CDI) las respuestas eran negativas. 

Bernard observando el encuadre con Alain, el director de fotografía.

“Somos pocos los que tenemos un diploma de proyeccionista y sé que al final del proceso de reclutamiento no encontraban a nadie pues unos meses después la vacante seguía existiendo y volvían a solicitar gente. En julio decidí dejar de buscar puestos así y tomé el trabajo como guardia de seguridad”.

Conocí a Bernard un mes después de mi llegada a Francia. Je vais retrouver mon père o Voy a encontrar a mi padre es lo que nos unió. Su guión cinematográfico cuenta la historia de Firmin, un joven africano sin nacionalidad específica que viene a Toulouse para encontrar al padre que jamás conoció.

Su creador sabe que el argumento base no ofrece nada sorprendente. Es en los detalles donde el espectador –sobre todo el francés- encontrará cosas desconocidas que le ayudarán a sensibilizarse sobre el fenómeno de la migración. El entramado de relaciones entre migrantes y franceses, y entre migrantes de distintas nacionalidades que se ayudan o se benefician descaradamente de la necesidad ajena, esa será la novedad para el espectador que desconoce la realidad migratoria desde la base, es decir, para la mayoría de la población francesa.

Mientras Bernard encuentra al actor ideal para encarnar a Firmin, sigue trabajando en su puesto de seguridad –“el trabajo que me da de comer”- y se concentra en los detalles para hacer del proyecto su entrada al mundo del audiovisual francés, un mundo al que, dice, ni siquiera los franco-franceses tienen acceso sencillo. 

“Alain, el director de fotografía, tuvo que trabajar en ocasiones como cajero de un supermercado. Así es la vida laboral acá; todo es muy cerrado. Aquí te piden diploma para todo, todo está muy controlado y te dicen qué debes hacer. Pero yo sé qué quiero hacer: quiero hacer cine y lo voy a hacer".


Además de su pasión por contar historias, dos personas le dan fuerzas para continuar en el camino de la creación artística. La primera es su pareja francesa, y la segunda su pequeña, una francesita mestiza, rica en amor y culturas.
 

lunes, 18 de octubre de 2010

De aquí para allá: Dan

Dan es alto como un roble. Su pecho ancho de ropero y sus manos callosas y gruesas hacen pensar que fue leñador -sobre todo por su chamarra de franela a cuadros rojos y negros-. Pero Dan no era leñador; era soldado.

Daniel o "Dan" -como el pide que le llamen en su francés de principiante- es ruso y dejó su país en 2004. Antes, la noche del 26 de noviembre de 1994, su esposa y más de una decena de sus familiares murieron mientras dormían en el edificio que era su hogar, en lo que algunos llaman "la batalla de Grozny", en Chechenia. Él no estaba en casa, estaba en el cuartel.

Antes de escapar a Turquía y pagar más de 5 mil euros para cruzar fronteras, Dan desobedeció una orden de sus superiores mientras estaba estacionado en otra ciudad de Chechenia. Primero Estanbul, luego un avión al Orly de París, con un pasaporte falso. Ahí, a pedir asilo político. "Puedo ir a cualquier lugar pero no a Rusia. Si regreso, yo 20 años en cárcel".

Hoy, Dan es estudiante de primer año de Francés como lengua extranjera (FLE) en la Universidad de Toulouse Le Mirail. Todos los días, a la hora de la comida, va a encontrarse con sus nuevos amigos de Argelia, Francia, Alemania, España, México... que son parte, como él, de la Asociación de Estudiantes Extranjeros de su universidad.

Y usa sus manotas para explicar lo que su francés no le permite, y su acento de kosako para sacar una sonrisa.



Grozny, Chechenia, donde Dan perdió a su familia.
Imagen sacada de http://www.mostdangerouscities.org/files/2010/08/grozny.jpg